Voy a empezar por un consejo que no sale en ninguna guía y que es de lo que más agradecen nuestros viajeros. Cuando reservéis el vuelo a Ushuaia, pedid ventana del lado izquierdo a la ida y del derecho a la vuelta. La aproximación se hace sobre el canal de Beagle con la cordillera fueguina al lado, y es un espectáculo que se pierde entero quien va sentado del lado que no toca. Parece una tontería y no lo es.
Ushuaia está encajada entre el canal y unas montañas nevadas que caen casi hasta el agua. Tiene algo de puerto de frontera: barcos que salen rumbo a la Antártida, casas de chapa de colores, una luz muy particular y un viento que va y viene. No es una ciudad bonita en el sentido clásico, pero tiene un carácter que engancha.
El primer día lo dedicaría a navegar el canal de Beagle. Las salidas duran media jornada y pasan por las loberías, por las colonias de cormoranes y por el faro Les Éclaireurs, que es el que todo el mundo llama el faro del fin del mundo aunque técnicamente no lo sea. Ver los lobos marinos amontonados sobre las rocas con las montañas nevadas detrás es la imagen que me llevo siempre de allí. Por la tarde queda tiempo para el puerto y para caminar la ciudad.
El segundo día, montaña. La caminata que recomiendo es la Laguna Esmeralda: media jornada, sin dificultad técnica, atravesando turbales y bosque hasta una laguna de un verde imposible rodeada de picos. El barro puede ser considerable según la época, así que conviene alquilar botas en la ciudad, que cuesta poco y salva el día. Es una caminata que puede hacer prácticamente cualquiera con ganas.
El tercer día, el Parque Nacional Tierra del Fuego por la mañana. Bosque austral, castoreras de los castores que introdujeron hace décadas y que se comieron media isla, y la bahía Lapataia, donde un cartel marca el final de la Ruta 3, la carretera que baja desde Buenos Aires. Por la tarde, la visita guiada al antiguo presidio, que hoy es museo. Suena a plan de relleno y es de lo mejor de Ushuaia: allí se entiende por qué existe esta ciudad, cómo se pobló con presos y colonos y qué significaba vivir en el fin del mundo hace cien años.
Lo que no recomiendo, y lo digo aunque se venda en todas las agencias, es la navegación a la pingüinera de la isla Martillo. Se lleva prácticamente el día entero entre traslados y navegación para el rato que se está realmente con los pingüinos. Si vuestro viaje incluye Península Valdés o Punta Tombo, los vais a ver muchísimo mejor allí. Y si no lo incluye, valorad si compensa gastar un día de tres en eso.
Para comer, centolla. Es el mejor marisco del país y en Ushuaia está en su casa. Reservad en un sitio con nombre y no en el primero que veáis frente al puerto, porque la diferencia de calidad y de precio entre unos y otros es notable. Y si hace frío, que lo hará, probad un guiso de cordero fueguino, que es otra de las cosas por las que vale la pena bajar hasta ahí.
Lucas Araujo
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