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Qué comer en Argentina más allá del asado

Todo el mundo llega sabiendo que hay que comer carne. Lo que casi nadie sabe es que la cocina argentina tiene bastante más.

Lucas Araujo  ·  3 min de lectura

Cuando un viajero me pregunta qué tiene que comer en Argentina, la respuesta rápida es asado, y no está mal. Pero es como decir que en España hay que comer paella: es verdad y a la vez se queda muy corto. La cocina argentina es el resultado de mezclar la tradición criolla con la inmigración italiana y española y con las cocinas andinas del norte, y cambia bastante de una punta a otra del país.

El asado es lo primero, claro, pero conviene entender que no es una comida, es una tarde. Empieza con la provoleta y los chorizos, sigue con las achuras para quien se anime, que son las vísceras, y termina con los cortes grandes. Entre medias se charla, se toma vino y no hay ninguna prisa. Un asado que dura hora y media es un asado fallido.

Las empanadas son el otro gran clásico y, a diferencia del asado, se pueden comer en cualquier momento y en cualquier sitio. Cada provincia tiene la suya y los argentinos discuten sobre cuál es mejor con la misma pasión que sobre fútbol. Las salteñas llevan papa y quedan jugosas. Las tucumanas son de carne cortada a cuchillo. Las mendocinas suelen ser más grandes. Se piden por docena, se comen con la mano, y hay una manera de agarrarlas para que no caiga el jugo encima que se aprende a base de mancharse.

En invierno aparecen los platos que más me gustan a mí y que casi ningún turista prueba. El locro es un guiso espeso de maíz blanco, porotos, zapallo y carne, que se come sobre todo en las fechas patrias y que llena para todo el día. La humita es una pasta de choclo tierno, a veces servida dentro de la propia hoja. Los tamales, sobre todo en el norte, son masa de maíz rellena y envuelta. Y la carbonada es un guiso con zapallo y a veces fruta, que suena raro y está buenísimo.

La milanesa merece capítulo aparte porque, seamos honestos, es lo que más se come en Argentina en el día a día. Napolitana, con salsa de tomate, jamón y queso, o a caballo, con dos huevos fritos encima. Es barata, es enorme y se encuentra en cualquier esquina del país. Si queréis comer como come un argentino un martes cualquiera, pedid una milanesa con puré.

Y el choripán, que es el bocadillo nacional: chorizo a la parrilla en pan, con chimichurri. Se come de pie, en la calle, en los puestos de la ruta o a la salida de la cancha, y cuesta lo que una botella de agua.

Para terminar, lo dulce, que en Argentina es un asunto serio. El dulce de leche está en todas partes: en los alfajores, en las facturas del desayuno, en los helados, en las tortas. Si solo podéis probar una cosa, que sea un alfajor de maicena, esos redondos con coco alrededor. Y si podéis probar dos, un panqueque de dulce de leche. El helado argentino, heredero directo del italiano, está a una altura que sorprende a cualquier europeo, y las heladerías de barrio reparten a domicilio hasta medianoche.

Por regiones, para orientarse: en la Patagonia, cordero al asador, trucha y chocolate, sobre todo en Bariloche. En el norte, cabrito, quinoa, tamales y vino de altura. En el litoral, pescado de río como el surubí o el dorado, que no se parecen a nada que hayáis probado. Y en Mendoza, todo lo anterior regado con malbec.

Lucas Araujo

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