Si hay una imagen que resume Argentina más que el tango o el fútbol, es la de alguien caminando por la calle con un termo bajo el brazo y un mate en la mano. Se toma en casa, en la oficina, en la playa, en el campo y en el coche. Se toma solo y se toma en grupo. Y cuando alguien te ofrece uno, está pasando algo más que una invitación a beber.
Vamos con lo básico. El mate es yerba mate en un recipiente, que suele ser una calabaza curada, con agua caliente y una bombilla, que es una especie de pajita de metal con filtro en el extremo. Se toma amargo en la mayor parte del país, aunque hay gente que le pone azúcar y en el litoral se toma frío con jugo, que allí se llama tereré. El agua nunca debe hervir: se corta antes de que rompa a hervir, sobre los ochenta grados, porque si no quema la yerba y amarga de otra manera.
La parte que más confunde a los extranjeros es cómo funciona la ronda. Hay un cebador, que es quien sirve, y es siempre la misma persona durante toda la ronda. El cebador llena el mate, se lo pasa a alguien, esa persona lo toma entero y se lo devuelve al cebador, que lo vuelve a llenar y se lo pasa al siguiente. No circula de mano en mano como una botella. Si os lo pasan, lo tomáis vosotros y se lo devolvéis a quien os lo dio.
Hay cinco cosas que delatan al turista inmediatamente y conviene conocerlas. La primera y más importante: no se mueve la bombilla, nunca. Está colocada donde tiene que estar y moverla estropea la yerba. La segunda: no se dice gracias al devolver el mate, porque en el código del mate "gracias" significa que ya no queréis más y os sacan de la ronda; si queréis seguir, devolvedlo sin decir nada. La tercera: se toma entero, hasta que suena ese ruido de sorber el final; dejarlo a medias es de mala educación. La cuarta: no se tarda media hora en tomarlo mientras la ronda espera. Y la quinta: no se limpia la bombilla antes de beber, porque se comparte y punto.
Si os ofrecen mate, aceptad aunque no os apetezca. Es la forma más directa que tiene un argentino de incluiros en su círculo, y rechazarlo sin un motivo claro se nota y se interpreta. En una casa, en una excursión o en una parada de carretera, ese gesto vale más que media hora de conversación.
Dicho eso, si lo probáis y no os gusta, no pasa absolutamente nada. Es amargo, es fuerte y a mucha gente no le entra a la primera. Se prueba, se dice que gracias, y ahí acaba la cosa sin que nadie se ofenda. Pero probadlo al menos una vez, porque el mate explica bastante del país: la costumbre de compartir el mismo recipiente, la paciencia de una ronda que dura una hora y el hecho de que sea gratis y esté en todas partes dicen mucho de cómo se relaciona la gente aquí.
Y si os gusta y queréis llevaros uno a casa, comprad la yerba en un supermercado y no en una tienda de recuerdos, que es la misma y cuesta la cuarta parte. El mate y la bombilla sí conviene comprarlos en un sitio bueno, y que os expliquen cómo curar la calabaza antes de usarla por primera vez.
Lucas Araujo
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