Las cataratas del Iguazú son doscientos setenta y pico saltos repartidos a lo largo de casi tres kilómetros, en plena selva subtropical y justo en la frontera entre Argentina y Brasil. Esa frontera es la que genera todas las dudas, porque el conjunto se puede ver desde los dos países y la gente quiere saber cuál elegir.
El lado argentino es el que se camina. Tiene unos veinte kilómetros de pasarelas repartidos en tres circuitos que te meten dentro del conjunto: por arriba, asomándote al borde de los saltos, por abajo, con el agua cayendo encima, y el tren que lleva hasta la Garganta del Diablo, que es el salto principal y el que corta la respiración. Aquí está alrededor del ochenta por ciento de los saltos y aquí se pasa el día entero. Se sale empapado y encantado.
El lado brasileño es el de la panorámica. Es un paseo de hora y media por un balcón situado enfrente, desde donde se ve el conjunto completo de golpe, que es la imagen que sale en todas las postales. Se hace en media jornada y complementa perfectamente al argentino, pero por sí solo se queda corto.
Si solo tenéis un día, no lo dudéis: el lado argentino. Si tenéis dos, haced el argentino completo el primero, sin prisa, y el brasileño el segundo por la mañana. Para cruzar hace falta pasaporte y conviene comprobar con antelación los requisitos de entrada a Brasil según vuestra nacionalidad, porque cambian y en la frontera no admiten improvisaciones.
Ahora voy a lo que de verdad quería contar, que es el error más común de todos. La inmensa mayoría de los viajeros llega a Puerto Iguazú, duerme dos noches en un hotel, ve las cataratas y se va. Y con eso se pierde una provincia entera. Misiones tiene selva de verdad, con excursiones nocturnas en las que se escucha la fauna cuando los autobuses ya se han ido. Tiene las ruinas jesuíticas de San Ignacio, que son Patrimonio de la Humanidad y explican un capítulo fascinante de la historia sudamericana. Tiene las minas de Wanda, la Triple Frontera y una cultura guaraní muy viva. Con una sola noche más, el viaje deja de ser una parada para ver una cascada y se convierte en conocer una región.
Sobre la mejor época, hay agua todo el año, así que no existe un mes malo. En verano, entre diciembre y febrero, hace mucho calor y mucha humedad, y en épocas de crecida fuerte pueden cerrar temporalmente la pasarela de la Garganta del Diablo por seguridad. Marzo a mayo y agosto a octubre son las mejores ventanas: buen caudal, temperaturas llevaderas y menos gente.
Un par de detalles prácticos. La entrada al parque argentino da derecho a un descuento si vais dos días seguidos, pero hay que sellarla el primer día, así que preguntadlo al entrar. Y llevad chubasquero o poncho barato, calzado que se pueda mojar y una bolsa estanca para el móvil y la cámara. En el circuito inferior no os mojáis un poco: salís calados.
Lucas Araujo
¿Preparamos tu viaje?
Cuéntanos qué tienes en la cabeza. La primera conversación es gratis.