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Cómo moverse por Argentina sin perder medio viaje en traslados

Argentina es el octavo país más grande del mundo. Suena a dato de trivial hasta que intentas ir de Buenos Aires a El Calafate.

Lucas Araujo  ·  3 min de lectura

Hay una cosa que los europeos tardan un par de días en asimilar cuando llegan, y es la escala. De Buenos Aires a El Calafate hay casi tres mil kilómetros, más o menos lo que separa Madrid de Moscú. De Iguazú a Ushuaia, cerca de cuatro mil. Cuando alguien me dice que quiere ver el norte, Mendoza y la Patagonia en diez días, lo primero que hago es abrir un mapa y enseñárselo.

Para la mayoría de los viajes, el avión no es un lujo, es lo que hace el viaje posible. Si tenéis menos de tres semanas, los vuelos internos son obligatorios. El detalle que complica las cosas es que casi todas las rutas pasan por Buenos Aires, así que ir de un destino del interior a otro suele implicar volver a la capital y volver a salir. Aquí es donde se pierden los días sin darse cuenta.

El error más habitual que veo es encadenar destinos sin mirar el mapa de rutas aéreas. Alguien decide ir de Salta a Mendoza y después a El Calafate, y acaba pasando tres veces por Aeroparque, con sus esperas, sus traslados y sus madrugones. Bien ordenado, ese mismo viaje se hace con una conexión menos y se gana un día entero. Eso es puro trabajo de planificación y es de las cosas que más agradecen nuestros viajeros cuando lo ven sobre el papel.

El bus merece un párrafo aparte porque a los europeos les cuesta creerlo. Los buses de larga distancia argentinos son mucho mejores de lo que uno imagina: hay categorías con asientos que se reclinan casi del todo o que se hacen cama, con comida, bebida y servicio a bordo. Para un trayecto nocturno de ocho o diez horas es una opción seria, cómoda y bastante más barata que volar, y además ahorra una noche de hotel. Para veinticuatro horas seguidas ya es otra historia, y ahí sí compensa pagar el avión.

El coche de alquiler es imprescindible en unas zonas y totalmente prescindible en otras. Merece muchísimo la pena en la Ruta de los Siete Lagos, en el circuito de Península Valdés y en el norte, donde la gracia está justamente en parar donde te apetezca. No lo necesitáis para nada en Buenos Aires, donde es un estorbo, ni para ir a las cataratas de Iguazú.

Si alquiláis coche, hay cuatro cosas que conviene tener presentes y que no aparecen en el folleto. La primera es que las distancias entre gasolineras pueden ser enormes, así que la norma es repostar siempre que se pueda, aunque quede medio depósito. La segunda es que hay tramos de ripio, que es grava suelta, donde no se puede correr y donde los pinchazos son parte del paisaje. La tercera es el viento patagónico, que en algunos tramos mueve el coche de verdad y obliga a llevar las dos manos al volante. Y la cuarta, la más importante: no conduzcáis de noche por carreteras del interior. No están iluminadas, hay animales sueltos y el riesgo no compensa.

La regla que aplicamos nosotros al montar cualquier ruta es sencilla: si un traslado por carretera pasa de seis horas y existe un vuelo razonable, va en avión. El tiempo de vacaciones vale más que la diferencia de precio, y llegar reventado a un sitio bonito es la mejor manera de no disfrutarlo. La excepción son los tramos donde la carretera es el destino, como los Siete Lagos, donde el coche no es un medio para llegar sino la mitad de la experiencia.

Lucas Araujo

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